En varias ocasiones te habrás encontrado con un vino de mesa en un restaurante que te ha sorprendido por su sabor y por sus matices. Pero ¿por qué esa sorpresa? Tradicionalmente, es un vino que no ha gozado de ningún reconocimiento, debido a que su característica principal es que no se incluye en ninguna denominación de origen ni indicación geográfica protegida.
Esto le ha restado valor y siempre se ha recurrido a este tipo de vino como una opción básica (aunque eficaz) para acompañar la comida. En este artículo te hablamos de las sorpresas que algunos de estos vinos deparan a los paladares más entrenados en cuestión de caldos.
A continuación te ofrecemos una explicación de lo que se considera un vino de mesa.
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¿Qué es un vino de mesa?
Un vino de mesa se define como aquel que no está amparado bajo ninguna denominación de origen. Existe incluso un reglamento europeo del año 2008 que legisla sobre su etiquetado y denominación.
Por esta norma, este vino no puede incluir en su etiqueta el año de la cosecha, la zona vinícola a la que pertenece, qué variedades de uva incluye ni cuáles son sus características organolépticas. Y es que las uvas con las que se produce un vino de este tipo suelen proceder de lugares muy dispares, por lo que no puede restringirse a una zona geográfica concreta.
En el reglamento que te mencionamos unas líneas más arriba, la Unión Europa también hacía una distinción con el vino de calidad. Esto supuso un duro mazazo para aquellos vinos que, por no cumplir con los requisitos específicos para ser incluidos en una denominación de origen, quedaban relegados a una categoría inferior. Sin embargo, nada más lejos de la realidad, ya que muchos caldos de mesa pueden ser realmente interesantes.